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HABLEMOS DE

Enrique IV, el rey que hizo brillar a Segovia

Enrique IV
Sala de los Reyes, con las efigies reales.
Actualizado 21/01/2018 13:51:44
Sergio Ruíz

Enrique IV es un figura controvertida por un reinado cargado de problemas que derivaron en guerras civiles y desgobierno, pero para la ciudad de Segovia su figura está relacionada con grandes construcciones que embellecieron la localidad tanto en su periodo como rey, como en el de príncipe

Sin duda, Enrique IV podría ser considerado como el rey más segoviano de los que hayan pasado por el trono de Castilla y posteriormente de España, a pesar de nacer en Valladolid en 1425. No solo pasaba grandes periodos en sus tierras, sino que además dotó a la ciudad de innumerables infraestructuras y la presencia de la Corte castellana durante su reinado fue una constante entre los muros de la ciudad. Su muerte, acontecida en el mes de diciembre de 1474, permite el enlace perfecto para recordar a este monarca.

Enrique IV proyectó para Segovia una serie de construcciones desde su periodo como Príncipe de Asturias y que después reforzó con su llegada al trono. Hermanastro de Isabel la Católica y su predecesor en el trono castellano, Enrique IV gobernó durante veinte años (1454-1474) entre el periodo final de la Baja Edad Media e inicios de la Edad Moderna. Todos los historiadores actuales y los cronistas de la época ponen de manifiesto sus grandes esfuerzos constructivos como uno de los puntos fuertes de un reinado que también destacó por la inestabilidad política y el enfrentamiento continuo entre el poder real y la alta nobleza castellana.

Enrique IV patrocinó edificios de toda clase: palacios, alcázares, casas de caza, casas de la moneda, monasterios y otros complejos religiosos e incluso escuelas de gramática. Sin embargo, aunque las construcciones se establecieron por toda la península, Segovia fue la ciudad que recibió un mayor número de ellas. Las composiciones buscaron tanto la propia satisfacción del monarca y de su Corte como una propaganda de ostentación del poder real a través de la suntuosidad de las construcciones programadas, siendo principalmente a través del arte presente en los edificios donde se promueva de forma más efectiva esa carga simbólica y emblemática.

Los edificios programados recogían una estética mudéjar, siendo necesario contratar a artistas de esta condición para llevar a cabo las labores constructivas. La utilización de la madera en las techumbres constituye uno de los elementos más representativos del arte mudéjar, acompañado de los colores dorados que otorgan gran brillo y espectacularidad a las estancias.

Sería complicado resumir todas las iniciativas de este Rey, sin embargo, sí se puede tratar la mayor de ellas, o al menos la más relevante por sus connotaciones simbólicas y religiosas. El Alcázar era una de las grandes plazas defensivas de Castilla y dominaba la ciudad de Segovia, que en el siglo XV sin duda era una de las ciudades más pujantes de toda la Corona.

La reforma del Alcázar de Segovia fue el gran proyecto constructivo de Enrique IV durante su reinado, no sólo por los grandes cambios que se acometieron en la residencia-fortaleza real, sino también por la gran carga simbólica y legitimadora que conllevan sus composiciones. Durante los siglos bajomedievales había sido utilizada de manera asidua por los reyes castellanos como residencia real, pero en el siglo XV se concentra en su parte palaciega y se fija como lugar donde guardar de manera continuada el tesoro real. Con Catalina de Lancaster, viuda de Enrique III y regente ante la minoría de edad del futuro Juan II (padre de Enrique IV), se inicia la construcción de las grandes salas del Alcázar segoviano.

En 1412 se inicia la Sala de Galera, conocida como Sala de los Embajadores, mientras años después Juan II construyó las garitas y la gran Torre Nueva que miraba amenazante a las torres de la antigua Catedral y que después sería testigo del enfrentamiento entre las tropas reales y los comuneros en tiempos de Carlos I. Enrique IV decide construir como primer paso la Sala de las Piñas, así llamada por estar decorada con mocárabes dorados, y en 1456, para conmemorar su victoria en la batalla de Jimena, mandó construir la Sala del Solio para recibir en audiencia a los visitantes a la Corte, toda decorada con grandes yeserías mudéjares. Poco después se construye la Sala del Cordón, también decorado con yeserías mudéjares y con un artesonado en forma de cúpula.

Sin embargo, la estancia más importante por su proyección legitimadora es la Sala de los Reyes, no construida por Enrique IV, aunque sí reformada por el mudéjar Xadel Alcaide durante el mandato de este rey. Se sabe de su existencia en tiempos de Alfonso X, quien decoró todas las hornacinas en lo alto de las paredes con las efigies de los reyes anteriores, pero no se sabe con certeza si las esculturas de Alfonso X se retiraron o sólo se reformaron las ya existentes, aunque se considera esta última opción como la más viable.

Enrique IV renovó completamente la estancia y también las esculturas de los reyes castellanos que en ella se albergan, realizando posiblemente, como sugiere el historiador Tormo y Monzo, un conjunto totalmente nuevo. Felipe II se ocupó de completar la colección añadiendo las restantes con la llegada de los Austrias, pero no se conserva nada de los originales, sólo los testimonios y unas acuarelas realizadas con anterioridad al incendio de 1862 que destruyó gran parte del Alcázar.

En palabras del caballero medieval bohemio León de Rosmithal, viajero como embajador por toda la península durante el siglo XV, reconocía la composición de Segovia como “las efigies de los reyes que desde el principio ha habido en España por su orden, en número de treinta y cuatro (32 reyes, más el Cid y Fernán González)”, donde todos ellos están “sentados en sillas regias, con el cetro y el globo en las manos”. Confiere la idea de que son de oro, cuando sólo eran de madera dorada, e incluso narra una historia de que “los reyes de Castilla deben juntar tanto oro como pese su cuerpo, para que puedan ocupar, en muriendo, su lugar entre los otros reyes en el Palacio de Segovia”. Enrique IV emprende esta gran obra legitimadora como símbolo de su poder frente a los elementos nobiliarios con los que mantiene una dura pugna para ejercer el poderío real absoluto. La fuerza del monarca, entronizado con los atributos reales, es descrita por algunos historiadores como la más amplia imagen de legitimidad dinástica y también de los fundamentos reales como rey justiciero y de la soberanía regia.

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